Las
jaulas de oro, cárcel de los sueños e ilusiones de pájaros
perdidos sin su canto. Jaulas vacías de romance, con sus barrotes,
vacías de todo pájaro cantor por la falta de amor entre hombres y
mujeres. Junto a ellas se acercaron también los cepos y las horcas,
compañeras de tortura de las personas esclavas de los poderosos,
porque el alcalde había abolido la esclavitud y la pena de muerte.
Como
queja de semejante alboroto metálico, se acercaron a la plaza
principal los sujetos esclavos. Pues no estaban conformes con la
resolución del alcalde. Ellos habían sido torturados toda su vida y
no habían podido hacer otra cosa porque su libertad vivía para los
poderosos.
Ese
día hicieron un terrible alboroto metálico y humano, provocando que
el alcalde despertara de la siesta. Salió al balcón y observó que
todos reclamaban: por un lado, los cepos, las horcas, y las jaulas
del romance por su desempleo, por el otro, los sujetos esclavos por
sus condiciones de vida.
Los sujetos metálicos, pedían un equivalente a cuarenta años de
trabajos forzados. El alcalde, se veía en un aprieto porque había
abolido la esclavitud y garantizado su validez a los humanos del
pueblo.
Los gritos eran cada vez más altos y turbulentos, y él seguía sin
decir nada.
El
alcalde quedó anonadado frente a tanto alboroto al cual no sabía
qué responder. Su mirada quedó fija entre todos los sujetos
(metálicos y antiguos esclavos). El pueblo seguía alborotado y el
alcalde no pudo decidir a tiempo, porque ellos decidieron por él a
la fuerza por sus necesidades y reclamos. Ese día, el pueblo se
deshizo del alcalde y con éste de su poderío e indecisión:
degollado por la horca, apresado por los cepos, y custodiado por los
antiguos esclavos, terminó su mandato y, de esta manera, la ciudad
empezó una nueva vida lejos del alcalde y sus mandatos.
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